lunes, 11 de enero de 2010

Nunca sabrás
las horas que pasé contigo,
la veces que mi mente
se acostó en tus labios,
la forma en que mis ojos te adoraban
cuando me adelantaste con tu bicicleta
mientras descendíamos de la montaña
y tú extendías los brazos
en tobogán.

Nunca sabrás
cómo amé aquel libro
cuando lo leiste
desde la primera
hasta la última página
delante de mí,
y tu risa se mezclaba con tu llanto,
y te excusabas continuamente
por no poder seguir.

Nunca sabrás
lo que sentí aquella mañana
primera del año,
cuando, delante de tu cuerpo,
cogí el lápiz
dispuesto a hundirme en tu abismo
una vez más.

Ahora que
salvaje es el viento,
déjame contarte
lo que nunca sabrás.

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