Duele aceptar que alguien
pueda destruirte en vano,
por el simple placer de hacerlo,
igual que un niño rompe un cristal.
Y después de roto,
duele medir continuamente las palabras
andar siempre con cuidado,
juntar poco a poco los fragmentos,
no levantar nunca la voz.
Cuando ya has saltado la valla,
duele vivir con precaución.
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