Una vez estuve sentado en un autobús durante dos horas. La chica en el asiento de delante dormía y su largo cabello se colaba por entre los asientos. Estuve mirando ese cabello durante dos horas. Leía un poema del libro que tenía entre manos y hacía una pausa para mirar su cabello que era liso y era castaño. A veces ella inclinaba la cabeza pero nunca lo suficiente para despertar. Por alguna extraña razón, el cuerpo tiende a desmoronarse en las recovecos, en las intersecciones, en lugares que con frecuencia producen agujetas y son letales para las articulaciones. Entre poema y poema, miraba su pelo e imaginaba qué podría decirle al despertar. Pero no se despertó. Ni siquiera al final del viaje. Fue entonces cuando introduje mi mano a través del su pelo y golpeé suavemente su cabeza y noté casi de inmediato cómo mi corazón empezaba a agitarse sin mi permiso.Era ridículo. "Hemos llegado al final de algo", susurré sobre su oreja. "¿Qué?" despertó súbitamente . "Hemos llegado", repetí. "¿ Adonde? "preguntó ella mientras se desperazaba. "Al final de algo" insistí. Se dió la vuelta y comprobé que tenía una cara afilada y pecosa y unos ojos enormes que, lejos de trasmitir acritud , regresaban del país de los sueños con una curiosidad casi infantil. Luego cuando ya se escapaba por las escaleras y el corazón amenazaba con suicidarseme, me armé de valor y le grité. Espera. Ella se paró en seco. Supongo que creyó que se le había olvidado algo en el asiento. " El libro" le dije. " No es mío" me miró ella extrañada. " Ya lo sé". Y entonces finalmente ella pareció entender. "¿ Por qué?". Me clavó los ojos y me hizo la peor de las preguntas. A veces me acuerdo del pelo y de los ojos de esta chica interrogándome.
viernes, 25 de diciembre de 2009
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